Me dicen, me cuentan, me entero

Por Patricia Segovia

Me cuentan que,  iniciando septiembre, miércoles alrededor de las dos treinta de la tarde en la calzada Pie de la Cuesta , hora y vialidad muy concurridas, llegaron dos ¿”hombres”? a la recepción de un dentista,  donde estaba una chica de 23 años, sola, atendiendo a los posibles clientes.

En un momento que ella ingresó al interior del inmueble, habilitado como  consultorio, estos tipos (decir animales, es degradar a los considerados “irracionales”) bajaron las cortinas, golpearon, violaron y acuchillaron en el abdomen a esta joven mujer, quien al momento de escribir estos renglones, su vida sigue en grave riesgo.

Me dicen que, la joven en cuestión, se casaba en tres meses. Ahora,  se espera que sobreviva. Los curiosos que se introdujeron en la escena del crimen, la cual no es ni con mucho, cuidada, investigada, o en tratamiento similar a lo que vemos en las series de televisión llamadas CSI, que da horror ver las paredes ensangrentadas donde se presupone los delincuentes, azotaron la cabeza de su victima.

Me cuentan también, que todos los vecinos de esa área, están muy temerosos ya que son varios los negocios que han sido  impunemente robados, sobre todo cuando los dependientes están solos, pero ninguno había estado tan indefenso como esta pobre chica, motivo por el cual, estos dos engendros, mostraron toda la bestialidad de la que son capaces.

Me dice una vecina, que se subió a un taxi, iba con su nieta. El taxista, a los pocos metros de haber puesto en marcha su unidad, sacó un desarmador y le dijo “nos vamos al hotel”. Mi vecina en cuanto vio la oportunidad, abrió la puerta y se lanzó al pavimento agarrando fuertemente del brazo a la niña.

Me entero por medio de un noticiero nacional, que a la casa de  un campeón mundial de artes marciales japonesas, se introdujeron cinco delincuentes, amarraron al señor y su esposa. El logró liberarse y con una arma, cuyo manejo lo convierte en uno de los mejores del mundo, mató a uno de los delincuentes. Al momento de hacer este comentario, el señor cuya casa fue violada, que fue amenazado, insultado, agredido, está detenido. Comentaba el conductor del noticiero, que la familia violentada, tiene que cambiarse de casa pues hay cuatro delincuentes libres y como tienen un uno por ciento de posibilidad de que los detengan, (esto último es  de mi “cosecha”) pudieran regresar a “desquitarse”.

Me entero, me cuentan, me dicen y me aterro.

Me aterro porque, en nuestro México, en estos tiempos, para saber lo que significa “justicia” hay que acudir al diccionario.

Me aterro porque a las autoridades, la sociedad, no les importamos y porque la sociedad piensa que ignorando, despreciando, o calificando, de la peor manera a los políticos, es suficiente.

Me aterra porque pienso en que solo es cuestión de tiempo en que usted y yo seamos los que contemos, enteremos y digamos sobre nuestras propias experiencias que nos hagan ingresar a la peor estadística, la del noventa y nueve por ciento de impunidad.

¿Tendrá razón Siddharta y sólo nos queda orar y esperar?

¿Por qué no utilizamos los blogs, páginas de intenet, el radio, la televisión, las revistas, los periódicos  y le exigimos a las autoridades que  vayan por un noventa y ocho, para empezar? O ¿Qué lo siga haciendo Alejandro Martí, México Unido por la delincuencia, la señora Wallace y el señor Gallo, mientras los otros cien millones de mexicanos, admiramos y comentamos su valor?

¿Podríamos comenzar en la página de Presencia?

El “balón”, está en nuestra cancha. Somos más.

Si no nos importa la falta de justicia para los casos expuestos, así como el de Carmen Santiago y los que se acumulen en la semana, hay que hacerlo por nosotros mismos y nuestros seres queridos. ¿No? Yo no creo que “calladita, me veo más bonita”. Nuestra sociedad callada, sumisa, ausente, luce  realmente horrible.

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