Anita Estrada

No recuerdo el día que la conocí, pero fue hace más de una década; tampoco recuerdo con precisión el último día que la vi, creo fue hace 6 meses, cuando me presentó al Dr. Enzaldo, ahí en Lang-Lab, el lugar donde nos conocimos.

Lo que sí recuerdo de Anita Estrada, es su sonrisa franca, su cabello bien peinado, su rostro maquillado, su entusiasmo, su actitud positiva ante la vida.

La relación con Anita empezó por cuestiones meramente de trabajo y de manera fortuita, el agente que le llevaba su publicidad para las revistas ACAPULCO CLUB y PRESENCIA había renunciado, así que yo tomé esa cuenta.

Cada tres meses era mi visita habitual a Lang-Lab y ahí estaba Anita siempre sonriente preguntando cómo estaba el ambiente social de Acapulco, ávida de saber a qué fiestas o eventos había ido; decía que era un trabajo fascinante el ir de allá para acá y conocer tanta gente. “Invítame a una de las tantas fiestas a las que vas”, decía Anita.

Ella también, en sus 35 años en Lang- Lab, tuvo la oportunidad de conocer a mucha gente, en la mejor academia de inglés (“y no porque yo lo diga, lo demuestran los alumnos” -decía Anita-) vio pasar varias generaciones de alumnos que hoy la recuerdan con respeto y cariño.

Respeto y cariño que también se ganó de los maestros y de sus jefes, los señores James D. Ahearn y María Guadalupe de Ahearn, que quienes por su dedicación y lealtad al trabajo, permitieron que Anita creciera laboralmente. Llegó a la academia a ocupar el puesto de secretaria, luego le brindaron la oportunidad de ser maestra de inglés y más tarde se convirtió en directora administrativa.

Poco a poco y al pasar de los años, la relación empezó a tener un tinte de afecto y ya no sólo hablamos de anuncios o eventos, la plática se tornó personal, mi visita ya no duraba10 minutos, cada vez se prolongaba un poco más.

Me tocó compartir con ella sus 25 años en Lang-Lab, la titulación de sus hijos y la repentina muerte de su esposo.

Después, enfrentarse a la primera lucha contra el cáncer, que se le encajó en el seno y que con coraje y valentía logró sacarlo de su cuerpo. Era motivo de ejemplo verla en el trabajo tan positiva y llena de energía luego de su recuperación, sobre todo después de que había ganado la batalla.

Desafortunadamente la enfermedad maligna volvió, ahora con más enjundia se encarnó en su cerebro y a pesar de todo su esfuerzo, le fue imposible a Anita ganarle la guerra al cáncer.

Gracias Anita por esa lección de vida que nos diste, de no dejarte vencer, de luchar por amor a la vida, por las ganas de seguir compartiendo tu sonrisa con los que te rodeaban.

Me quedó una deuda pendiente contigo, que por la falta de tiempo, ese maldito tiempo que nunca nos damos para las cosas importantes, no llegó a tiempo mi invitación para departir conmigo en uno de esos eventos a los que tú llamabas “importantes”.
Buen Viaje.

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