Frágil Equilibrio

Por Nadia Fernanda Vargas Estrada

Eran las 7:00 A.M. cuando me levanté. Se supone que uno puede presentir cuando algo malo sucederá al despertarse, pero ese no fue mi caso; lo único en lo que pensé en ese momento era que se me había olvidado cambiar el tono de mi alarma. Que molestia, odio ese sonido.

Descolgué mi uniforme del armario, todavía somnoliento y fui al baño, dispuesto a bañarme. Para mi sorpresa, el calentador no estaba prendido, por lo que me despertó una lluvia de agua fría.
-¿Mamá, se te olvido prender el calentador?-, grité desde mi ducha.
-¿Eh? ¡Ah, es cierto!-, respondió, recordando que no lo había prendido. Mientras, estaba yo congelándome.
-Se va a tardar en calentar, vas a tener que bañarte así-, fue su conclusión. Eso me temía, ahora tendré que bañarme con esta agua. Tendré suerte si no me convierto en un cubo de hielo.

Después de bañarme, me cambié, y me dispuse a ir a mí escuela. Tengo la suerte de vivir cerca de mí preparatoria, sólo es necesario que esté listo diez o quince minutos antes de que toque la campana, y me puedo ir caminando tranquilamente sin llegar tarde. Aún así, a veces me tardaba por esperar a mis amigos. Este no fue el caso hoy, ya iba algo tarde por el incidente de la ducha, así que no podía arriesgarme a llegar tarde.

A la mitad del camino, me di cuenta de algo. Se me había olvidado despedirme de mi mamá. No es que sea una de esas personas que son demasiado apegadas a su mamá para su edad, pero normalmente me despido de ella. Es sólo una costumbre, que hago desde que tengo memoria.

-No importa, es sólo un día.- fue a la conclusión que llegue, continuando caminando hacia la escuela.

-Me pregunto si me mandara un mensaje Paola.- De repente, ese pensamiento cruzó mi mente, al revisar la hora desde me celular. Llegué más temprano de lo que esperaba.

Paola es una chica que conocí hace unas tres semanas, más o menos. Es la prima de uno de mis amigos. Nos conocimos en la fiesta de mi amigo, pero como vamos en escuelas diferentes, nos comunicamos por mensajes, principalmente. Espero que me mande un mensaje antes de las clases, normalmente ella es la primera que lo manda.

Las clases transcurrieron con normalidad. Jugué fútbol en el receso. Casi me duermo en la clase de Cívica, después del almuerzo; debió ser que comí demasiado. Junto con mis amigos, empezamos a hacer los planes para el viernes. Normalmente vamos a ver una película, o nos reunimos en la casa de uno de nosotros a jugar videojuegos.

Cuando me di cuenta, ya eran las 2:00 P.M., hora de irnos. Teníamos un proyecto que entregar para mañana, así que mi equipo y yo nos quedamos hasta las 4:00 P.M. Si me dejan presumir, nos quedó excelente. Todos pusimos nuestro mayor esfuerzo, no puedo esperar para mostrárselo al maestro. Él sólo me ha puesto siete y seis, hasta ahora.

Nos despedimos, y me dirigí hacia mi casa. Seguí mi camino usual, pero me di cuenta de algo inusual. No había nadie en las calles.

Salí un poco de mi camino, a la Costera. Se escuchaban ambulancias, y policías, pero casi no había gente. Intenté acercarme un poco a un policía, pero tenía el presentimiento de que era mejor no saber. Me regresé a mi camino habitual, y llegué a casa. Como lo sospechaba, no me crucé ni con un alma en el camino.

Mi casa estaba desierta. A esta hora, lo normal es que estén mis padres aquí, más aún a esta hora. Claro, existen excepciones, como el caso de que alguno haya ido al banco, o por las tortillas, y haya habido un embotellamiento. Pero como había comprobado, no había nadie en las calles.

-Bueno, no sirve que me preocupe. Mejor haré la comida.- Si ser hijo de una pareja donde ambos padres trabajan me había enseñado algo, era a hacerme mi propia comida. Eso y lavar me ropa, pero prefiero fingir que no sé y que me la laven. Eso último se oyó mal, estoy consiente.

Hice salpicón, cuando terminé eran las 5:30 P.M., y todavía no había rastro de ellos. Intenté llamarles por mi celular, pero no contestaron. Después intenté comer, pero para ser sincero, no tenía hambre en lo absoluto.

Guardé mi porción en el refrigerador y oí a alguien entrar.
-¡Por fin!-, fue mi primera reacción.
-¿Dónde estaban? Saben por qu…- no era ni mi padre ni mi madre.
Era mi tía Ana; y estaba llorando.

-¡Aquí estas! ¡Gracias a Dios!- Corrió a abrazarme, sus ojos, desbordándose con las lágrimas. –Creí que te habíamos perdido, pero estas aquí! ¡Estás aquí con vida!-

-¿Qué?- No entendía, estaba confundido. ¿Donde más podría haber estado, que no fuera mí casa? Algo, mejor dicho todo lo que decía me daba un mal presentimiento; un muy mal presentimiento.

-¿Qué sucede?- podía apenas decir. Ella no dejaba de llorar y estrujarme. Cuando lo dije, ella dejó de llorar por un momento.
-¿No sabes? ¿De verdad no sabes?- Me vio, perpleja.
-No tengo ni la más mínima idea, tía.- Le respondí. –Pero es muy malo, verdad?- Ella sólo bajó la mirada y me dijo que necesitaba ir con ella, que era urgente.

En el camino, no lograba pensar en nada. O mejor dicho, pensaba en demasiadas cosas; pero demasiado rápido. No sabía ni qué ocurría, ni donde estaban mis padre, o cómo estaban, qué había ocurrido, o cuando, todo era demasiado abrumador para mi. Eran demasiadas preguntas, y ninguna respuesta.

Llegamos al hospital. Esa definitivamente no es una buena señal. Nos dirigimos a una habitación. El momento que entramos, me di cuenta. Eran mis padres.
-No puede ser-, salió de mis labios, antes de perder el control sobre mi mismo.

Corrí hacia ellos, pero mis tíos, que también estaban ahí esperándome, me detuvieron. Lloré, no pude evitarlo, estaba desesperando, e insipiente de la verdad. Grité con todas mis fuerzas, pero a decir verdad, no recuerdo que fue lo que dije; y no creo que importe.

Finalmente, me tranquilicé después de un rato. Me explicaron que fue lo que pasó. A las 2:40 P.M., mis padres fueron por las tortillas, juntos, ya que sabían que no iba a llegar yo hasta las 4:00 P.M. Al pasar por la Diana, hubo una sorpresa. Había una balacera. Sin un lugar a donde escapar, una bala perdida le dio a mi mamá en la cabeza, relevándola instantáneamente de este mundo. El auto perdió el control, y mi papá, en el asiento de copiloto, no pudo evitar chocar. Él sobrevivió, pero estaba por ser enviado a terapia intensiva.

Mi reacción debió de haber sido peor que al entrar a la habitación. En el fondo, lo sabía. Pero no fue así. Todo se sentía irreal, falso, frío. ¿Cómo podría yo creer que a mis propios padres les hubiera ocurrido esto? No era posible, y aunque en el fondo supiera que lo era, me sentía entumido. Me sentía a 5 metros de distancia de la realidad.

Velé por mi papá a su lado, el momento que lo sacaron de terapia intensiva. El resultado fue cuatro costillas rotas, hemorragia cerebral; la razón por la que lo metieron en terapia intensiva, y un sinfín de heridas de bajo nivel. Afortunadamente, la hemorragia fue tratada a tiempo, de lo contrario, me sentiría el doble de sólo de lo que estoy ahora.

Al día siguiente, fui al entierro de mi mamá. Me sentía alejado de todos, la gente sólo me daba sus condolencias y volvía con su familia. Y todavía no podía creer que en esa caja estuviera la mujer que me dio la vida, y que junto con mi padre, me crió y me educo. Ahí estaba ella, inmóvil y serena, y yo no podía ni hacer ni sentir nada en lo absoluto.

Entonces lo recordé. Ella se había ido, y no pude despedirme. Esa mañana, yo la había dejado sin decirle adiós. De repente, y sin avisar, la realidad me golpeó, con la fuerza de una avalancha. Las emociones desbordaban de mi cuerpo y mi alma. Con eso vino a mi la más grande epifanía: ella nunca volvería.

Volví a llorar, pero esta vez, nadie me paró. Todos sólo me observaron, con una mezcla de lástima y comprensión. Después de todo, sólo tenía 15 años, y acababa de perder a una de las personas más importantes de mi vida.

Poco a poco fui recogiendo los pedazos de mi vida. Mi padre fue enviado a casa a la siguiente semana. Durante su estancia en el hospital, y la primera semana en casa, no me despegué de él. Él hombre, del que era tan fácil depender, más sin embargo mi mamá nunca lo hizo, había sido reducido a un ser con la conciencia de un adulto, y un poco más de la capacidad física de un bebé. Lo alimenté, me hice cargo de que tomara sus medicinas, estuve siempre ahí, en caso de que me necesitara.

A la semana siguiente, era necesario que volviera a la escuela, muy a mi pesar. Eso ya no me podría importar menos, para ser sincero. Quisiera no tener que verlos, y afrontar las preguntas que deberán tener para mi.

Eran las 7:00 A.M. cuando me levanté. Nuevamente, me di cuanta que no había cambiado el tono de la alarma. Que molestia, odio ese sonido.

Descolgué mi uniforme del armario, todavía somnoliento. Esta vez, el uniforme lo había lavado y planchado yo mismo. Me dirigí al baño, dispuesto a bañarme. Para mi sorpresa, el calentador no estaba prendido, por lo que me despertó una lluvia de agua fría.
-Augh, ni modo- salí en toalla a prender el calentador, pero es verdad; no se calienta tan rápido. Lo apagué y termine de bañarme.

Por suerte, vivo cerca de mi preparatoria, así que llegar tarde no fue mi preocupación. Llegué, y como lo esperaba, todos estaban perplejos. Algunos me dieron sus condolencias, mientras que otros simplemente bajaban la cabeza cuando yo pasaba.

En el receso, observé al resto jugar fútbol. Me preguntaron si quería jugar, pero yo rechacé su invitación. Algunos de mis amigos salieron, y mi grupo habitual se reunió para hablar conmigo. Para mi sorpresa, se trataba de planear a donde iríamos el viernes.

-Me pregunto si me mandara un mensaje Paola.- De repente, ese pensamiento cruzó mi mente, al revisar la hora desde me celular. Me había mandado muchos, y también muchas llamadas, pero no conteste ninguna. Talvez sea yo quien deba mandarle uno.

Al transcurrir el día volví a preocuparme por las pequeñas cosas, por los egoístas detalles de antes. Pero en el fondo, sabía que no lo hacía porque de verdad me sintiera así. Lo hacía para intentar olvidar, con la esperanza de que talvez así, las heridas sanen

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