IMELDA PAREDES DE ALVAREZ

Viajera incansable, Imelda Paredes de Alvarez, ha emprendido un viaje del cual no lleva boleto de regreso. Dios le dio el privilegio de llamarla a su lado y evitarle a ella y a sus familiares, el sufrimiento que su enfermedad le estaba ocasionando, semanas antes de su partida.
Imelda Alvarez, empresaria restaurantera, se caracterizó por ser una mujer entusiasta, propositiva y comprometida con la proyección turística de Acapulco, que se daba tiempo para atender su negocio y pertenecer a grupos que luchaban sobre el abuso sexual infantil en destinos turísticos como AFEET Acapulco, del cual fue Presidenta; así como los que se preocupan por la conciencia ecológica como el Primer Club de Jardinería, que también presidió, y en el cual ganó varios rosetones durante las exposiciones en las que participó, por presentar plantas espectaculares.

Su amor por Acapulco la llevó a ser vigía de la ciudad y cada mañana al salir de su casa, observaba qué le hacía falta a Acapulco para lucir mejor; si a su paso se encontraba un punto negro de basura, fugas de agua, alcantarillas abiertas, luminarias fundidas, de inmediato lo reportaba a los Servicios Públicos Municipales, con eso sabía que estaba ayudando a mejorar la imagen del puerto; eso recomendaba hacer a sus amigas para tener una casa más presentable.

Imelda siempre fue una mujer muy activa que le sacaba provecho a las 24 horas del día; siempre de un lugar a otro con el tiempo contado pero cumpliendo con sus compromisos agendados; así también, si te encontraba a su paso, te saludaba con una sonrisa y la voz fuerte que la caracterizaban.

De Imelda tengo muchos recuerdos, todos gratos afortunadamente, pláticas amenas de sus experiencias en los viajes y un par de veces intercambiamos remedios para combatir la gastritis que en ese tiempo a ambas nos aquejaba.
Durante una entrevista que le realicé en su oficina de La Cabaña de Caleta, donde por una ventana contemplaba las cálidas aguas de Caleta, me dijo: “ver el mar y ver caer el atardecer es mi relax, mira que belleza tenemos”, amante de las bellezas naturales de Acapulco, esa tarde me enseñó que dependiendo la estación del año el mar cambia de color, algo de lo cual yo nunca me había percatado, pero ella lo tenía muy presente y sabía cuándo el mar era azul turquesa o cuándo tenia tonalidades verdes.

En el plano social, conocí a una mujer alegre, optimista, con muchas amigas, con quienes le gustaba departir. En las reuniones me tocó ver a una Imelda que le gustaba cantar y no lo hacía mal, bailar, brindar con vino tinto o cerveza Corona.

Esa alegría, entusiasmo y optimismo, le valió para darle batalla al cáncer que la atacó por sorpresa, que sin darse cuenta se apoderó de su cuerpo.

Luchó como una guerrera invencible y no se rindió tan fácilmente, se enfrentó a él con valor. Nunca se vio a una
Imelda derrotada, su coraje le ayudó a vivir feliz los últimos meses de su vida.

Con valentía también aceptó la muerte, en la última sesión de AFEET a la que asistió, en octubre del año pasado, comentó que los resultados sobre su estado de salud no eran muy favorables, pero que iba a seguir hasta que Dios quisiera.

Dios quiso que el 3 de febrero cerrara sus ojos y emprendiera un viaje maravilloso donde seguramente está cantando, bailando y tomando vino; y por supuesto también pensando qué hacer por Acapulco.

Seguramente este viaje, como los tantos que hizo alrededor del mundo, por placer o por sus compromisos con AFEET, lo está disfrutando igual o más que los que hizo en el mundo terrenal.

Descansa en Paz Imelda y…. Buen Viaje!!!

Rossana Ríos Rico

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