Por Ricardo Guillén Memije
Recientemente durante mi visita a Cuba experimenté la reflexiva experiencia de viajar en el legendario transporte público de la Habana…
La guagua avanza con su traqueteo habitual por las calles de La Habana. Está repleta, como siempre. Cuerpos apretados, sudor compartido, el aire denso con olor a humanidad y cansancio. Afuera, la ciudad sigue su ritmo de supervivencia: colas interminables, mercados vacíos, miradas esquivas cargadas de resignación. Nacer en Cuba es nacer condenado, pienso, mientras me aferro a la barra metálica para no caer con cada frenazo. Condenado a un sistema que te asigna lo que debes ganar, lo que puedes comer, lo que puedes soñar.
El chofer, con la indiferencia de quien ha visto todo, conduce sin apurarse. La gente calla, perdidos en sus pensamientos o, quizás, simplemente reservando energía para la lucha diaria. Pero entonces, una bocina distorsionada rompe el silencio. Un reguetón se filtra entre el mar de cuerpos sudorosos. Al principio, nadie reacciona. Luego, un ritmo de cabeza aquí, un tarareo allá. Pronto, alguien ríe, alguien más lanza un comentario en broma, y la rigidez del ambiente empieza a desmoronarse.
Una muchacha, apenas con espacio para moverse, intenta un paso de baile. Un viejo le sigue con una sonrisa nostálgica. El calor sigue siendo insoportable, la escasez sigue siendo real. La música hace olvidar por un instante que al bajar de la guagua la lucha continúa, que el refrigerador está casi vacío y que mañana será otra jornada de incertidumbre.
La guagua sigue su curso, la música aún suena, y por unos minutos, nadie piensa en el poder adquisitivo o la paridad monetaria del peso cubano, en la libreta de racionamiento ni en la censura. Solo en el compás del reguetón, en la risa del desconocido a su lado, en la ilusión de que, aunque sea por un momento, la vida puede sentirse un poco más ligera.
Días después pude volver a comprobarlo; aquella noche en el Festival Internacional de la Salsa, cuando compartí con varios cubanos entre risas y baile. Uno de ellos, con la mirada encendida por el ron y la música, me dijo: “El 90% de los que hoy estamos aquí no saben qué comerán mañana, pero hoy es día de fiesta”. Su voz no tenía queja ni lástima, solo una certeza brutal. La condena es real, pero también lo es la necesidad de evadirla, de hallar pequeños respiros dentro de la asfixia.
Ya de salida, camino al aeropuerto tuve que enjugar inconsolablemente mis ojos y acuñé la reflexión: “cómo hasta en el infierno se puede disfrutar del calor”.